El día en que se me presentó la muerte

Corría el mes de julio del año 2023, y por primera vez en mi vida, vacacionaba fuera del país, en el nordeste de Brasil, en un pequeño pueblo costero llamado Pipa, que se presenta como una joya escondida entre palmeras y risas. La belleza de sus playas, con oleajes de alta potencia, me prometía aventuras, y al llegar, me sentí atrapado en una película de terror disfrazada de ensueño. Aquello era un escenario perfecto para la tragedia.

La cuestión es que la mayoría de los que viajaban allí, esos que nunca habían visto más que las frías costas del suelo Argentino eran presa fácil de la desmesura. Yo, un simple pavo, me dejé llevar por la algarabía y la euforia, y en ese instante, olvidé que había un monstruo al acecho detrás de la belleza del lugar. Sumergido no solo en las aguas del mar Atlántico, sino también en la locura de una clase media baja que, de repente, se encontraba frente a lo desconocido, opté por lo peor, hacerme lo que nunca fui ni seré, el surfer copado. Era un juego peligroso, pero la idea de dejarme llevar por las olas, esas que parecían reírse de mí, me embriagaba.

Sin embargo, de pronto, la emoción se tornó en horror. Me encontré cada vez más lejos de la costa, de las morochas que me miraban con complicidad y de mi propia vida. La fragilidad, no solo mental sino física, se instaló en mi cuerpo. Cuando el oleaje retrocedía, yo lo hacía con él, como una botella plástica arrastrada por la corriente, impotente. Sentí el pánico arremeter en mi pecho; la primera bocanada de agua salada fue como un grito en el silencio, la segunda, la desesperación y la tercera, el golpe mortal, la ceguera.

No sé si era la sal que invadía mis ojos o la falta de oxigenación, pero en esos momentos, me llegó un olor extraño, un hedor que no había sentido jamás; el olor a muerte. Y así, resignado, dejé de patalear, entregándome a la fatalidad, como si jugara una partida de ajedrez donde el rey ya no tenía movimientos. El tablero se había desvanecido.

De pronto, en medio de la entrega, la tristeza y las lágrimas de sal, sentí una palmada suave que inclinó mi cuerpo hacia adelante, como si fuera la mano de Dios o quizás de algún demonio burlón. Fue un contacto tenue, pero suficiente para sacarme de la oscuridad y hacerme volver a la superficie. Volví a ver a las pequeñas personas sobre la costa, que se movían como sombras ajenas a mi tragedia. En un impulso casi animal, braceé, tosiendo, hasta alcanzar la orilla. Fueron los segundos más largos de toda mi vida.

Llegué, mareado y vomitando el agua que había invadido mis pulmones; un 75%, calculo. Me desplomé y miré hacia el cielo, donde un cartelito en una hamaca decía Praia do Amor. Me recompuse y quedé en shock durante 30, 40 minutos. Nadie vio nada, nadie se percató de mi encuentro breve con la muerte.

Al final del día, cuando recapitulé, la gravedad del suceso me dejó paralizado. Me replanteé e indagué el porqué de todo: ¿por qué hice eso? ¿Por qué nadie me ayudó o vio algo? ¿Realmente fue para tanto? ¿Qué tenía esa playa?

Al entrar al sitio de Google, ese buscador de playas que parece tenerlo todo, me encontré con algo aún más siniestro: la historia de aquella Praia, disfrazada de amor. Inicialmente era la Praia da Morte, con un amplio historial de tragedias y desapariciones. Por eso, los lugareños no se zambullen allí; solo los turistas lo hacen, ignorantes del pasado que habita en el fondo. Este hecho combina ignorancia, estupidez, engaño, muerte y, ¿por qué no?, un poco de suerte. Esa noche, el insomnio me carcomía los sesos. En un momento de entrevelas, sentí un susurro que me desveló por completo, una voz que retumbaba en mi cabeza como una campana de la muerte. Recuerdo vívidamente el sueño, algo poco usual ya que las noches suelen devorar mis recuerdos, pero esta fue diferente: un sujeto sin forma, vestido de negro, se acercaba a mí y me susurraba al oído: "No te quejes ni te abrumes; tu vida, después de todo, no era tan mala, ¿viste? Tu fragilidad es la que te hace ver todo negativo, maricón. Dos segundos de presentación y te tuve que devolver. No hay lugar en el infierno para los pobres maricones, sí para los canallas".

Esto resuena en mi mente día y noche desde aquel verano duro en Pipa, Brasil. Hay días en que me siento mal y pienso que todo eso fue una construcción ficticia para evadirme de alguna otra pena. Pero, de todas formas, si van a la Praia da Morte, confórmense con contemplarla; no jueguen ni se acerquen. Se presenta un rato y deja secuelas para toda la vida.









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