Lunes otra vez

 no solo es el peor de los días para toda la raza humana, sino que, más aún, si es un lunes lluvioso, produce desencantos y reflexiones pesadas, o pasadas. En este caso, uno confronta verazmente con la realidad.

Es ahí que uno trata de despegarse, o más bien despojarse, de ciertos pesares para alivianarse, aunque sea hasta que la semana traccione y pase de página. Para eso, me refugio en el psicoanálisis y en la idea de que ninguna generación es capaz de disimular a las que la siguen los acontecimientos psíquicos significativos, lamentablemente o afortunadamente.

Por ende, el pasado permanece; la antigüedad se convierte en nuestra patria espiritual. Podríamos decir que nuestra historia no comienza con nuestro nombre: de alguna manera, todos provenimos de algún lugar y somos forasteros en otros. En ocasiones, los recuerdos ajenos se convierten en nuestros tesoros más preciados.

(...) En mi peregrinar, el espejo retrovisor me alumbra con su fulgor misterioso y, de tanto en tanto, se complace en deslumbrarme. Me quedo inmóvil y comienzo a cuestionarlo todo, hasta a mí mismo. Sospecho que cada ayer pretende ser descifrado, que quizás no somos más que el compendio de los días pasados, que soy aquellos que me precedieron.

Sin remedio, cargo con el peso de añejas pasiones, pérdidas y deseos que no son míos. La travesía perdura, la oscuridad avanza. Enciendo un cigarrillo en busca de alguna claridad, dejo escapar el humo y me conforta imaginar que de cada traspié surge una culpa, y que para cada pecado existe algún inocente.

En último término, y lamentablemente, solo somos herederos.





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