Gurú regional

 La desesperanza es un sentimiento inherente al ser, sobre todo los domingos o lunes, cuando la vida parece ralentizarse. Por eso, uno va en búsqueda desesperada de algún paliativo, ya sean pociones (sustancias) o actividades que funcionen como distractores de mínimo esfuerzo mental, físico, lúdico o incluso adrenalínico. También se opta, o se emprende en la búsqueda de saberes o certezas (cuanto más místicos y carentes de validez científica, mejor; es decir, calan más rápido y, por lo tanto, resultan más eficaces). Ejemplo de esto son las misas o algún que otro charlatán motivacional de moda.

Otros buscan compañías como bálsamos en estos mares oscuros de dudas. Cada uno elige cómo amortiguar el dolor o con qué dañarse. El vacío es cosa de añares: una crisis heredada de los antepasados, de los de hoy y de los de mañana. La contemporaneidad nos endulza con falsas ilusiones, una virtualidad mortífera y frívola que, cada vez más alejada de la realidad, nos mantiene en vilo y despierta aún más ansiedades. Pero ¿qué podemos hacer si la realidad siempre fue cruel? Es entendible, por sentido común, ser reacios a ella. Por eso, ¿qué mejor que sortearla y navegar por las aguas dulces y tranquilas de las fantasías?

En lo personal, calmo mis caos con el gurú Brahma, un sujeto de bajo perfil de la región. Este domingo, como todos los demás —fatales, lacerantes y perturbadores—, dio pie para que saque turno con él y así evitar un lunes resacoso de angustias afectivas y sentimentales. El encuentro fue breve, pero de impacto. Veraz.

El consejero regional, ante mi espesa demanda, fue conciso:
—Dos cosas son inevitables en esta vida: tanto las fatalidades como los sentimientos. Es decir, azares y afectos son una condición inexorable de la existencia.

Por ejemplo, la terrible tragedia de que se olviden de uno antes de que uno pueda olvidarse de quien lo está olvidando es una catástrofe común de nuestros días. Por lo tanto, le recomiendo educar su conducta: no involucrarse de más y reaccionar antes para salir ileso. Así, uno puede sufrir menos. Pero no todas son buenas noticias: también se goza y se quiere menos.

Así percibí, entre líneas, un fracaso inminente: un derrotero inevitable para quienes nos sentimos desdichados. Solo nos queda, como último refugio, la dignidad. Es decir, si la derrota nos depara, esperemos al menos no merecerla.




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