La vida, como un vaivén sinuoso de infortunios y, a veces, bendiciones, se construye con actos de responsabilidad y percepciones que, en ocasiones, se convierten en verdaderos enigmas, difíciles de descifrar. En esencia, es allí donde surgen los costos de las desilusiones (a veces, de dimensiones majestuosas), con pérdidas de anhelos, convicciones e ilusiones muchas veces exacerbadas o embriagadas por la fantasía.
Pero no todo tiene un tinte negativo. Hay réditos positivos: así es como se engendra el abrigo vital que nos acompañará y, en algunas ocasiones, nos dará serenidad: la madurez. Por lo general, la desilusión muta en resignación. En ambos casos hay renuncia: una, de ideales; la otra, de la resistencia a aceptar que ciertas cosas nunca serán como uno pretendió y, peor aún, nunca fueron como uno esperó.
A pesar de los lamentos y pesares, soy de los que creen que todo proyecto, vínculo o sueño se inicia de manera gradual. En algunos casos, con llamativo asombro y pasión; en otros, con menor celeridad. Sin embargo, cuando caen las caretas y las idealizaciones, debemos estar aptos para resignarnos. Con todo el dolor, pero también con toda la dignidad del mundo.
Nos sabemos perdedores de antemano; el desafío es transitar lo más sanos y enteros posibles desde la dicha más hermosa hasta el desastre más sombrío. Mientras tanto, los resignados sigamos sonriendo. Aunque la sonrisa sea parte de una ficción letal, sonriámosles a las causas perdidas, después de todo es la única forma que tenemos de ganarles.

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