Aún no se sabe a ciencia cierta por qué diciembre es el mes de los conteos, recuentos y evaluaciones finales. Tal vez sea porque hemos decidido colectivamente que el almanaque tiene poderes místicos, como si el 31 de diciembre un telón invisible cayera sobre nuestras vidas, dejando atrás un acto cerrado y abriendo paso a otro.
Sin embargo, los días, las agujas del reloj y los calendarios siguen su
curso inalterable, ajenos a nuestros arrebatos de finitud. ¿Será esta manía de
cerrar ciclos una herencia del sistema escolar, con sus boletines y clausuras?
¿O quizás es el calor inclemente, que derrite los pensamientos y nos hace creer
que un cambio de año traerá también uno de suerte? Puede que todo sea más
simple: una superstición elegante, un deseo disfrazado de promesa.
Nos aferramos a la ilusión de que algo se termina y algo comienza, aunque
para los escépticos — criaturas desprovistas de fantasía— nada cambia
realmente, salvo lo que uno quiere cambiar. Por fortuna, siempre hay algo que
permanece, y pienso que eso es lo único que merece ser celebrado: lo que
llevamos con nosotros a todas partes, lo que no se desgasta ni se olvida.
Quizás, lo único digno de ese privilegio sea el alma, sustancia pura e inmortal
que resiste incluso el paso del tiempo. Todo lo demás, me temo, es cartón
pintado.
Veo a personas frotándose las manos, haciendo balances como si fueran
contadores de empresas, contabilizando logros y proyectando una posteridad que,
lamentablemente, es incalculable; lamento decirles, el destino es azaroso, y un
poco perverso, especialmente con los calculadores seriales.
Por mi parte, he decidido no cerrar ni abrir etapas. Prefiero seguir escribiendo,
a prueba y error, sin preocuparme demasiado por los capítulos que dejo atrás o
por los que están por venir. Al fin y al cabo, la realidad —esa dama esquiva—
está un poco sobrevalorada. Lo que realmente importa es la historia que
inventamos para sobrellevarla.
La historia no necesita evaluaciones ni balances, sino construcciones
perpetuas: idas y vueltas, se nutre de risas que enmascaran lágrimas, llantos
llenos de alegría, presencias cargadas de carencias y ausencias irremplazables.
Para no contagiarme del ánimo de los examinadores, futuristas y papanatas
sin sentido, y para permanecer, aunque sea un poco, del lado de los nobles, los
nostálgicos y los melancólicos, propongo rescatar algo que sí puede ser útil:
la celebración. No como acto mecánico ni obligatorio, sino más bien como
encuentro, abrazo que eterniza el tiempo y mantiene encendida la llama de esta
cosa finita y misteriosa llamada vida.
Celebremos, entonces, todo lo que podamos. Abracemos con afecto a quienes
están y brindemos por quienes ya no están, especialmente por aquellos que se marcharon
sin avisar. A ellos, alcemos las copas necesarias y miremos al cielo todas las
veces que nuestros pensamientos se crucen con su recuerdo. Ellos son los faros
que iluminan desde el más allá, los ausentes que, paradójicamente, marcan su
presencia con más fuerza que los vivos.
Que la
vida nos encuentre lejos de los cierres, y más aun de estúpidos conteos, eso
hay que dejárselo a los banqueros, nosotros los hombres y mujeres comunes
podemos escribir y reescribir todos los días del año, con la certeza firme que nada,
pero nada es seguro.

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