El final nunca llega como, cuando ni donde lo imaginábamos. Tal vez esa sea la parte más trágica y, al mismo tiempo, la más apasionante de este circo llamado vida.
Con los años empecé a creer que uno no llora tanto por lo que pierde, sino por ese futuro que había imaginado. Por esos proyectos que jamás existieron, salvo en la obstinación de nuestros deseos. La trama del presente, curiosamente, suele doler menos que la novela que escribíamos para mañana.
Hoy me descubro suspendido en el aire, a las puertas de un cambio singular. Detrás, un pasado nostálgico que empieza a ponerse tramposo, porque el tiempo tiene la costumbre de embellecer los días que ya terminaron. Delante, un futuro que todavía desconozco. Y el presente... el presente ya casi no está. Apenas dura el tiempo suficiente para convertirse en recuerdo.
Confío, quizás con una cuota de ingenuidad, en que el tiempo acomodará las cosas. No porque sea justo ni generoso, sino porque es infalible. Siempre termina poniendo cada historia en un lugar que jamás hubiéramos elegido, pero que termina siendo el suyo.
Empiezo a pensar que las oportunidades son apenas eso: aventuras de tiempo incompleto. Algunas llegan para demorarnos; otras, para acelerarnos. Todas, sin excepción, nos empujan un poco más por ese camino silencioso hacia el único destino compartido.
La vida, después de todo, no parece una línea recta. Se parece más a un bucle: cierres que inauguran aperturas, abrazos que esconden despedidas, besos que ya empiezan a ser recuerdo y alguna que otra lágrima derramada, no siempre por lo que fue, sino por aquello que imaginábamos que iba a ser.

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