La vida como sucesión de duelos: la ética de las consecuencias y no de los actos, el retorno fallido de lo que nunca jamás vuelve a ser

 El otro día, un paciente me preguntó si elegir hacer el bien era un acto de bonhomía, valentía o desinterés. Yo, que a veces me demoro en responder las preguntas difíciles—y hasta en las fáciles—, me tomé un respiro. La cuestión me nubló un poco la escucha, lo confieso. No porque fuera una pregunta especialmente novedosa, sino porque en su tono había un matiz que rozaba la desesperanza, como quien ya conoce la respuesta, pero insiste en formularla con la secreta esperanza de que alguien le ofrezca un desenlace distinto.

Mi paciente quien venía empantanado en desilusión tras desilusión puso en jaque mi posición de analista y exigió un tiempo en mi respuesta, tardía, pero repensada. Pensé y repensé para mis adentros, claro, con la solemnidad que estos casos exigen: quizás la vida no sea más que eso, un letargo áspero y algo desprolijo de una cadena de micro duelos, caídas de ideales, máscaras que se resquebrajan, giros inesperados que, por tamaña imprevisilidad, terminan hasta siendo previsibles. Tramas grisáceas que nos moldean a los empujones.

J. Lacan propone algo peligroso pero certero: "vivir según nos habita nuestro deseo". Y eso, en esencia, supongo que es discriminar, elegir, seleccionar constantemente, tanto para nosotros como para los demás. Pero cuidado: los sueños, tan confortables ellos, no dejan de ser un terreno frágil y pantanoso, traicionero en algunos casos, hasta doloso en otros. Y más aún—y aquí retomo el caso de mi analizado—cuando se basan en creencias ilusorias. Porque, después de todo, un espejo roto, por más que se rearme con paciencia, siempre mostrará grietas y fisuras.

Salvo Antígona. Ella, con una sencillez temeraria y una honestidad ética—que, bien mirado, raya lo imprudente—, quizás sea la única ejemplar y culpable a la vez de la ilusión ética del deseo. (Aunque, si me apuran, puede que no sea más que una pomposa y decorosa fábula de la antigua Grecia, que, como este pseudo-relato, en breves minutos se caiga a pedazos). O quizás, y esto no lo descarto, yo ya no sea el mismo que empezó a escribir esto hace un rato. Quizás, como aquel día del encuentro, esté—¿por qué no? duelando...

Referencias:

 Seminario XII de Lacan, La ética del psicoanálisis (1959-1960).

P/D:

El deseo, mejor no juzgarlo. Es más decoroso dejar la moral de lado. Eso sí, a gusto personal, entiendo que, de haber un juzgamiento, debe ser en nombre de las consecuencias, nunca de los actos ni de sus intenciones previas.







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